En mi pequeño cuarto existen sólo unas pocas cosas necesarias, un armario vetusto, un anafe, un espejo manchado, una cama de segunda mano y una mesita de noche que hace la veces de biblioteca.
Las paredes, desnudas de cuadros y detalles, exhiben el paso del tiempo y la estrechez de mi presupuesto.
Ella entró un día con paso tímido y mirada de asombro, recorriendo lentamente con sus ojos cada objeto y cada rincón, rozando suavemente con el dorso de la mano la tosca terminación torneada de la cama, rodeándola hasta detenerse frente a la ventanita alta y sin cortinas por donde el sol se cuela en las mañanas aguijoneando impiadoso mi ojo izquierdo.
Allí se quedó, frente al cuadrado de vidrio, mirando el otro lado de mi realidad, una azotea sucia de baldosas rojas, y una interminable sucesión de techos miserables cubiertos por miles de cables de luz y teléfono como una telaraña gigante envolviendo a la ciudad.
- No puedo - dijo, y una lágrima comenzó a recorrer su perfil sin perturbar su mirada lejana y ausente.
- No puedo - repitió en voz muy baja.
Sin mirarme, se fue con paso decidido, con los ojos clavados en el piso viejo y deslucido y sin decir adiós.
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sábado, 8 de junio de 2024
Breve encuentro - Juan José Cantero
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